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Fragment #36* / La Sociedad Del Cansancio – Byung Chul Han (2010)


*Fragmento seleccionado por el colectivo Left Hand Rotation(1)

 

“La sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fabricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento.

El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De esta manera, no está sometido a nadie, mejor dicho, sólo a sí mismo. En este sentido, se diferencia del sujeto de obediencia de las fábricas. La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que libertad y coacción coincidan. Así, el sujeto de rendimiento se abandona a la LIBERTAD OBLIGADA o la LIBRE OBLIGACIÓN de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse. Esta autorreferencialidad genera una libertad paradójica, que, a causa de las estructuras de obligación inmanentes a ella, se convierte en violencia. Las enfermedades psíquicas de la sociedad de rendimiento constituyen precisamente las manifestaciones patológicas de esta libertad patológica.”

 

La sociedad del cansancio

Autor: Byung Chul Han

80 págs.

Primera edición: 2012

HERDER Editorial
ISBN: 9788425428685

 

http://es.wikipedia.org/wiki/Byung-Chul_Han

 

(1) – Este libro nos sirvió de inspiración en la intervención “SUJETOS DE RENDIMIENTO” que desarrollamos en el Raval de Barcelona en Junio de 2014.

 

 



Follow If You Must – Adrian Crowley (2014)




Animal Totem – Cook and Swan (2014)


 

http://www.cockandswan.com



Fragment #33 / La función de la crítica – Terry Eagleton


Como algo bien diferenciado del Estado y de la esfera pública, en el siglo XVIII hay un tercer dominio que Jürgen Habermas denomina la esfera “íntima” de la familia y el hogar. La esfera “íntima” no forma parte de la esfera pública, relegada como está la familia postfeudal al ámbito de la privado; pero sí que aporta una fuente vital de impulsos y energías para ese dominio más público. Si los cafés ingleses, al contrario que los salones franceses, excluían a las mujeres -quienes a veces se vieron abocadas a elaborar polémicos panfletos sobre los prejuicios sociales de beber café-, fue porque la “cultura” de los primeros años del siglo XVIII en Inglaterra asumía funciones sociales y políticas de las que las mujeres estaban excluidas. En una cínica contorsión de la historia, se admitió formalmente el acceso de las mujeres a la esfera pública política al conseguir el derecho al voto en 1928, en un momento en el que esa esfera pública era ya un anacronismo. Aunque la esfera pública burguesa excluía oficialmente el dominio “íntimo”, en otros sentidos estaba sin embargo profundamente hipotecada por él, pues la esfera pública dieciochesca tematiza y consolida formas de subjetividad que tienen sus raíces en el mundo doméstico. Ese mundo genera nuevas formas de subjetividad que tienen, en frase de Habermas, “orientación política”, y que después pasan a la esfera pública dominada por el varón para lograr una formulación autorreflexiva. (…) La función de la “cultura” es generar nuevas formas de subjetividad a través de una mediación incesante entre dos dimensiones de la vida social -la familia y la sociedad política- que ahora han quedado definidas como entidades distintas.

 

EAGLETON, Terry. La función de la crítica. Barcelona: Paidós, 1999, p. 130-131.



Fragment #31 / Diarios (1910-1923) – Franz Kafka


(…)

«Usted vacila en dar respuesta a mi petición, lo cual es del todo comprensible; cualquier padre haría lo mismo frente a cualquier pretendiente de su hija; de ahí que no sea esto en absoluto lo que me induce a escribir esta carta; en todo caso, aumenta mi esperanza de que sepa valorarla con calma. Sin embargo, escribo esta carta impulsado por el temor de que su vacilación o su consideración tengan más razones generales de las que provocaría (sería lo único capaz de provocarlas) el único pasaje de mi primera carta que podía revelarme como soy. El pasaje que se refiere a lo insoportable que me resulta mi empleo.

 

»Puede que usted pase por alto estas palabras, pero no debería hacerlo; más bien debería hacer preguntas precisas al respecto, en cuyo caso yo tendría que responderle, en palabras breves y exactas, lo siguiente.

 

»Mi empleo me resulta insoportable, porque contradice mi único anhelo y mi única profesión, que es la literatura. Puesto que no soy otra cosa que literatura, y no puedo ni quiero ser otra cosa, mi empleo no podrá nunca atraerme, pudiendo en cambio destrozarme totalmente. No estoy muy lejos de esta situación. Alteraciones nerviosas de la peor especie me dominan sin interrupción, y este año de preocupaciones y torturas en torno a mi futuro y al de su hija ha puesto totalmente de manifiesto mi falta de resistencia. Podría usted preguntarme por qué no dejo mi puesto y no intento mantenerme —no tengo medios de fortuna— con mis trabajos literarios. A esto sólo puedo dar la lamentable respuesta de que no tengo fuerzas para ello y, en lo que alcanzo a ver de mi actual situación, sucumbiré más bien en este mismo empleo, aunque al menos sucumbiré en poco tiempo.

 

»Y ahora, compáreme usted con su hija, con esa muchacha sana, alegre, natural, vigorosa. Aunque se lo he repetido muchas veces en unas quinientas cartas, y aunque ella me haya tranquilizado otras tantas con un “no” que no tiene unas motivaciones demasiado convincentes…, lo cierto es que conmigo debe ser desgraciada, por lo que a mí se me alcanza. No sólo por mis circunstancias externas, sino mucho más por mi propia manera de ser; soy una persona reservada, silenciosa, insociable, insatisfecha, sin que pueda definirlo para mí como una desgracia, puesto que sólo se trata del reflejo de mis objetivos. De la forma de vida que llevo en mi casa se pueden sacar al menos algunas conclusiones. Así, vivo en el seno de mi familia, en medio de las personas mejores y más amables, sintiéndome más extranjero que un extranjero. Con mi madre, en los últimos años, habré intercambiado por término medio unas veinte palabras diarias; con mi padre, nunca cambiamos apenas más que palabras de saludo. Con mis hermanas casadas y los cuñados no hablo en absoluto, sin que esté enfadado con ellos. El motivo es simplemente que no tengo ni una sola palabra que decirles. Todo lo que no es literatura me aburre y lo odio, porque me demora o me estorba, aunque sólo me lo figure así. Por otra parte, para la vida familiar carezco del menor sentido, como no sea el de observación, en el mejor de los casos.

 »No tengo ninguna sensación de parentesco; en las visitas veo una malignidad literalmente dirigida contra mí.

 »Un matrimonio no podría cambiarme, como tampoco puede cambiarme mi empleo.»

 (…)

Título original: Tagebücher 1910-1923

Traducción: Feliu Formosa, 1975

Tusquets Editores S.A.

ISBN: 978-84-7223-863-3



Fragment #30 / Sobre la violencia – Hannah Arendt (1969)


(…)

Es un lugar común el señalar que la violencia brota a menudo de la rabia y la rabia puede ser, desde luego, irracional y patológica, pero de la misma manera que puede serlo cualquier otro afecto humano. Es sin duda posible crear condiciones bajo las cuales los hombres sean deshumanizados -tales como los campos de concentración, la tortura y el hambre- pero esto no significa que esos hombres se tornen animales; y bajo tales condiciones, el más claro signo de deshumanización no es la rabia ni la violencia sino la evidente ausencia de ambas. La rabia no es en absoluto una reacción automática ante la miseria y el sufrimiento como tales; nadie reacciona con rabia ante una enfermedad incurable, ante un terremoto o, por lo que nos concierne, ante condiciones sociales que parecen incambiables. La rabia sólo brota allí donde existen razones para sospechar que podrían modificarse esas condiciones y no se modifican. Sólo reaccionamos con rabia cuando es ofendido nuestro sentido de la justicia y esta reacción no refleja necesariamente en absoluto una ofensa personal, tal como se advierte en toda la historia de las revoluciones, a las que invariablemente se vieron arrastrados miembros de las clases altas que encabezaron las rebeliones de los vejados y oprimidos. Recurrir a la violencia cuando uno se enfrenta con hechos o condiciones vergonzosos, resulta enormemente tentador por la inmediación y celeridad inherentes a aquélla. Actuar con una velocidad deliberada es algo que va contra la índole de la rabia y la violencia, pero esto no significa que éstas sean irracionales. Por el contrario, en la vida privada, al igual que en la pública, hay situaciones en las que el único remedio apropiado puede ser la auténtica celeridad de un acto violento. El quid no es que esto nos permita descargar nuestra tensión emocional, fin que se puede lograr igualmente golpeando sobre una mesa o dando un portazo. El quid está en que, bajo ciertas circunstancias, la violencia -actuando sin argumentación ni palabras y sin consideración a las consecuencias- es el único medio de restablecer el equilibrio de la balanza de la justicia. (El ejemplo clásico es el de Billy Budd, matando al hombre que prestó un falso testimonio contra él.) En este sentido, la rabia y la violencia, que a veces -no siempre- la acompaña, figuran entre las emociones humanas «naturales», y curar de ellas al hombre no sería más que deshumanizarle o castrarle. Es innegable que actos semejantes en los que los hombres toman la ley en sus propias manos en favor de la justicia, se hallan en conflicto con las constituciones de las comunidades civilizadas; pero su carácter antipolítico, tan manifiesto en el gran relato de Melville, no significa que sean inhumanos o «simplemente» emocionales.

 

La ausencia de emociones ni causa ni promueve la racionalidad. «El distanciamiento y la ecuanimidad» frente a una «insoportable tragedia» pueden ser «aterradores», especialmente cuando no son el resultado de un control sino que constituyen una evidente manifestación de incomprensión. Para responder razonablemente uno debe, antes que nada, sentirse «afectado», y lo opuesto de lo emocional no es lo «racional», cualquiera que sea lo que signifique, sino o bien la incapacidad para sentirse afectado, habitualmente un fenómeno patológico, o el sentimentalismo, que es una perversión del sentimiento. La rabia y la violencia se tornan irracionales sólo cuando se revuelven contra sustitutos, y esto, me temo, es precisamente lo que recomiendan los psiquiatras y los polemólogos consagrados a la agresividad humana y lo que corresponde, ¡ay!, a ciertas tendencias y a ciertas actitudes irreflexivas de la sociedad en general. (…)

 

http://ca.wikipedia.org/wiki/Hannah_Arendt

 



Happy Holidays – Hermine (1982)


 

http://fr.wikipedia.org/wiki/Hermine_Demoriane