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Una conversación matinal de domingo entre Åsa Cederqvist y Black Tulip con Juan Canela como invitado - Juan Canela

//SÍNDROME ENCONTRES

En el marco del proyecto expositivo Síndrome en La Capella, se organizan una serie de encuentros sin público entre artistas presentes en la exposición con artistas activos en Barcelona y otros agentes culturales. Charlas de unas tres horas de media con un texto final a modo de crónica. Los textos se publican las plataformas A*DESK, Arts Coming, Esnorquel y Oficina36.

 

Es una fría mañana dominical de febrero en Barcelona, y espero en la puerta del MACBA a Åsa Cederqvist y Black Tulip, artistas con las que me he citado para charlar un rato. La iniciativa es parte de un proyecto de Martí Manen para La Capella, “Síndrome”, que propone una aproximación a algunas de las formas de producción actuales en Estocolmo. La idea de estos encuentros es poner en contacto a uno de los artistas de la exposición –todos suecos- con otro del contexto barcelonés para que puedan entablar una conversación sobre diversos temas. Además estos son acompañados por otro agente artístico (en este caso yo) con el objetivo de escribir un texto (este).

 

Tras unos minutos de espera, aparece Black Tulip con la inevitable cara de sueño de un domingo por la mañana. Comentamos un poco sobre el tiempo, el frío, el sol, el encuentro que nos espera y sobre cómo sabremos quién es Åsa. Finalmente, esta nos escribe porque no nos ha encontrado (típica confusión entre la puerta del MACBA y del CCCB…), y ya nos está esperando en el bar.

Una vez sentados los tres en la mesa, comienza una conversación informal, mientras vamos dando cuenta de un frugal desayuno a base de café con leche y pequeños bocadillos de jamón o queso.  Tras tocar por encima el próximo partido del Barça y la cuestión independentista (dos de los temas que últimamente surgen invariablemente cuando hablas con alguien de fuera) vamos entrando en materia. En un primer momento, las prácticas artísticas de ambos parecen estar bastante distantes, pero en seguida me doy cuenta de que hay elementos en común y algunos puntos de encuentro importantes. El instinto de Martí no ha fallado.

 

El trabajo de Åsa Cederqvist parte de la intersección entre imagen en movimiento, escultura y performance para adentrarse en la complejidad de la mente humana en la concurrencia de lo “civilizado” y lo “primitivo”, interesándose sobre todo en ciertas situaciones donde se pierde el control y las emociones toman el relevo. Black Tulip consiste en un paraguas que acoge un número variable de artistas que, bajo una posición anónima, trabajan de forma colectiva y experimental.  En ese ámbito se mezclan muchos intereses y líneas de trabajo e investigación, pero podemos rastrear algunas que automáticamente me venían a la mente cuando Åsa hablaba de sus proyectos, sobre todo el interés por buscar esos momentos en los que lo racional desaparezca para dar paso a lo emocional. De manera natural, y sin que casi haya que conducir la conversación, hablan de la importancia del ritual en el trabajo de ambos. Un ritual que tiene que ver con lo irracional, con lo colectivo, con la búsqueda de una especie de colectividad que se convierta en un solo cuerpo.

 

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“The Cabinet”, Åsa Cederqvist - Fotografía: Pep Herrero/La Capella BCN

Dicha colectividad, así como la propia forma de trabajo de Black Tulip, nos lleva a plantear cuestiones que tienen que ver con la autoría, con la figura del artista genio creador y su incongruencia en nuestros días por un lado, y con lo colectivo y las dinámicas de creación compartida por otro.

 

Black Tulip trae a colación la teoría de los afectos de Spinoza, con la que Åsa no esta muy familiarizada, pero con la cual -sin saberlo- comparte muchos intereses. Hablamos de su pieza I’m a genius en la cual repite esa frase a modo de mantra mientras la escribe en pizarras. Invita al público asistente a unirse, buscando crear una plataforma donde cada uno pueda construir sus sueños, visiones o esperanzas a través de el ritual. En seguida encuentro el paralelismo con Sesión de Relajación, una serie de ejercicios de relajación de Black Tulip, donde se utiliza el exceso y el absurdo para evocar lo individual como mónada, o la imagen arquetípica de la naturaleza. Aquí el público asistente se tumba en el suelo, mientras una performer elabora un discurso que los va llevando al interior de sus propios cuerpos. De nuevo el ritual como vehículo para llevarnos a una conciencia “otra”, para provocar afectos en el cuerpo. Intuyo una vuelta a lo primitivo, que nos lleva a The Quest for Presence, un trabajo videográfico de Åsa que registra una de las sesiones de un grupo de personas que se juntan en determinados lugares para realizar danzas rituales como terapia común, lo cual nos acompaña a otro de los puntos de interés común: la búsqueda de modos simples de conectar con otros. Pienso ahora en la última acción realizada hace unos días por Black Tulip en Halfhouse, en la cual un grupo de gente subió al monte por la noche, cortó un árbol y lo metieron por una ventana a la casa, donde lo fueron quemando en la chimenea sin cortarlo durante varios días. El público se fue uniendo en distintos momentos a la acción, vigilando el fuego día y noche, compartiendo los momentos y los recursos, hasta que no quedó nada de madera.

 

Hablamos también de la necesidad de estar en el medio y huir de las posiciones establecidas e inamovibles, de ocupar ese espacio gris que no es ni blanco ni negro, y desde el cual se pueden elaborar propuestas que buscan otros modos de comprender el mundo. Åsa nos mostró uno de sus últimos trabajos, un vídeo registrado en una depuradora de agua que, mediante distintos planos y recursos, trata de evocar una civilización perdida. Uno de esos recursos son grabaciones del interior de las tuberías que reflejan ese lugar de paso, intermedio, lo cual nos transportó rápidamente a las Trampillas de Black Tulip, una colección de escenas de películas en las cuales alguien abre o cierra una trampilla o puerta secreta, de manera que siempre se está pasando, pero nunca se llega a ningún lugar concreto.

 

Al final, creo que nuestro propio encuentro se ha convertido en una especie de ritual que tenía que ver con los intereses comunes: nos juntamos en uno de esos espacios intermedios que no son ni un bar ni un despacho – el bar de un museo -, los tres aportamos nuestra visión sobre los temas que fueron surgiendo de manera natural, compartimos un desayuno, momentos, dudas y conocimiento, para al final despedirnos con la sensación de que algo común y nuestro había sucedido, y de que el momento compartido había generado un espacio propio.

 

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