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Fragmento #30 / Sobre la violencia – Hannah Arendt (1969)


(…)

Es un lugar común el señalar que la violencia brota a menudo de la rabia y la rabia puede ser, desde luego, irracional y patológica, pero de la misma manera que puede serlo cualquier otro afecto humano. Es sin duda posible crear condiciones bajo las cuales los hombres sean deshumanizados -tales como los campos de concentración, la tortura y el hambre- pero esto no significa que esos hombres se tornen animales; y bajo tales condiciones, el más claro signo de deshumanización no es la rabia ni la violencia sino la evidente ausencia de ambas. La rabia no es en absoluto una reacción automática ante la miseria y el sufrimiento como tales; nadie reacciona con rabia ante una enfermedad incurable, ante un terremoto o, por lo que nos concierne, ante condiciones sociales que parecen incambiables. La rabia sólo brota allí donde existen razones para sospechar que podrían modificarse esas condiciones y no se modifican. Sólo reaccionamos con rabia cuando es ofendido nuestro sentido de la justicia y esta reacción no refleja necesariamente en absoluto una ofensa personal, tal como se advierte en toda la historia de las revoluciones, a las que invariablemente se vieron arrastrados miembros de las clases altas que encabezaron las rebeliones de los vejados y oprimidos. Recurrir a la violencia cuando uno se enfrenta con hechos o condiciones vergonzosos, resulta enormemente tentador por la inmediación y celeridad inherentes a aquélla. Actuar con una velocidad deliberada es algo que va contra la índole de la rabia y la violencia, pero esto no significa que éstas sean irracionales. Por el contrario, en la vida privada, al igual que en la pública, hay situaciones en las que el único remedio apropiado puede ser la auténtica celeridad de un acto violento. El quid no es que esto nos permita descargar nuestra tensión emocional, fin que se puede lograr igualmente golpeando sobre una mesa o dando un portazo. El quid está en que, bajo ciertas circunstancias, la violencia -actuando sin argumentación ni palabras y sin consideración a las consecuencias- es el único medio de restablecer el equilibrio de la balanza de la justicia. (El ejemplo clásico es el de Billy Budd, matando al hombre que prestó un falso testimonio contra él.) En este sentido, la rabia y la violencia, que a veces -no siempre- la acompaña, figuran entre las emociones humanas «naturales», y curar de ellas al hombre no sería más que deshumanizarle o castrarle. Es innegable que actos semejantes en los que los hombres toman la ley en sus propias manos en favor de la justicia, se hallan en conflicto con las constituciones de las comunidades civilizadas; pero su carácter antipolítico, tan manifiesto en el gran relato de Melville, no significa que sean inhumanos o «simplemente» emocionales.

 

La ausencia de emociones ni causa ni promueve la racionalidad. «El distanciamiento y la ecuanimidad» frente a una «insoportable tragedia» pueden ser «aterradores», especialmente cuando no son el resultado de un control sino que constituyen una evidente manifestación de incomprensión. Para responder razonablemente uno debe, antes que nada, sentirse «afectado», y lo opuesto de lo emocional no es lo «racional», cualquiera que sea lo que signifique, sino o bien la incapacidad para sentirse afectado, habitualmente un fenómeno patológico, o el sentimentalismo, que es una perversión del sentimiento. La rabia y la violencia se tornan irracionales sólo cuando se revuelven contra sustitutos, y esto, me temo, es precisamente lo que recomiendan los psiquiatras y los polemólogos consagrados a la agresividad humana y lo que corresponde, ¡ay!, a ciertas tendencias y a ciertas actitudes irreflexivas de la sociedad en general. (…)

 

http://es.wikipedia.org/wiki/Hannah_Arendt

 



Delia Derbyshire – Love Without Sound (1969)


 

http://es.wikipedia.org/wiki/Delia_Derbyshire



Sonic Youth – Live in Primavera Sound, 2005 (Barcelona)




Fragmento #24 / Memorias del subsuelo (1864) – Fiódor Dostoyevski


Hemos llegado a considerar la vida real, la «vida viva», como algo ingrato, como un servicio penoso, y todos estamos de acuerdo en que lo mejor es adaptarse a los libros. ¿Qué objeto tiene nuestra agitación? ¿Qué buscamos? ¿Qué deseamos? Ni nosotros mismos lo sabemos. Es más, si nuestros deseos se cumpliesen, no nos sentiríamos felices. 

Si nos diesen un poco de libertad, si detestasen nuestras manos, si ensanchasen nuestro círculo de acción, si nos quitasen las riendas, inmediatamente -estoy seguro- solicitaríamos que nos volvieran a poner bajo tutela. Sé que os he enojado, que vais a gritar, a protestar: «¡Hable por usted solo y por sus miserias subterráneas! ¡Suprima ese nous tous!» 

Perdonen, señores, pero no he pensado en modo alguno justificarme apelando a esta omnitude. En lo que me concierne personalmente, no he hecho otra cosa en mi vida que llevar hasta el fin lo que ustedes sólo han llevado hasta la mitad, aunque se han consolado con la mentira de llamar prudencia a la cobardía. Tanto es así, que mi vida es tal vez más real que la de ustedes. 

Fíjense bien. Hoy todavía no sabemos dónde se oculta la vida, qué clase de sitio es ése ni cómo se llama. Si nos abandonan, si nos retiran los libros, nos veremos inmediatamente en un embrollo, todo lo confundiremos, no sabremos adónde ir ni cómo ir, ignoraremos lo que se debe amar y lo que se debe odiar, lo que debe respetarse y lo que sólo merece desprecio. Incluso nos molesta ser hombres, hombres de carne y hueso; nos da vergüenza, lo consideramos como un oprobio y soñamos con llegar a convertirnos en una especie de seres abstractos, universales. Somos seres muertos desde el momento de nacer. Además, hace ya mucho tiempo que no nacemos de padres vivos, lo que nos complace sobremanera. Pronto descubriremos el modo de nacer directamente de las ideas.



Verlass die Stadt (2008) – Gustav (Eva Jantschitsch)




The Words That Maketh Murder (2011) – P.J. Harvey


 

http://es.wikipedia.org/wiki/PJ_Harvey



Fragmento #21 / ¿Pero esto es arte? – Francisca Pérez Carreño


Una vez finalizada la historia del arte moderno, el artista vive una auténtica liberación, ya que no está obligado a producir sus objetos obedeciendo a teorías filosóficas. (…) Liberado de la teoría, el artista contemporáneo es libre de hacer lo que le plazca: pintar o instalar, “hibridar” o no, referirse al propio arte o dirigirse directamente al mundo real, porque no hay una dirección única por la que transitar. El arte puede adoptar el medio, el estilo, el procedimiento que se desee, sin necesidad de diferenciarse a través de ellos del resto de los objetos no artísticos. Así pues, el arte puede parecerse a objetos normales y corrientes de la publicidad, del arte de masas, de lo feo, lo vulgar y lo obsceno. Hoy por hoy, por tanto, ninguna teoría artística (a riesgo de ser falsa) puede decidir qué aspecto deba tener.

(…)

Lo que Arthur Danto defiende y representa es un modelo de crítica humanista, para la cual la excelencia artística se mide por el valor de las ideas que encarna la obra y las actitudes que provoca. Las obras de arte son (y lo han sido siempre) “símbolos encarnados”, maneras de expresar ideas, deseos, temores o críticas. Danto estuvo convencido de que a mediados de los 60 se había llegado al final de lo que hasta entonces se había considerado arte. Aunque no todos los teóricos de arte lo comparten. Para el americano Donald Kuspit, por ejemplo, que 40 años después escribió también El fin del arte (2004), vivimos en una época superficial y pasiva, resultado de la disolución del arte en la vida y, por tanto, en la alienación, el espectáculo y el mercado. Frente a versiones pesimistas como la de Kuspit o a la defensa de un arte siempre negativo, irónico o en permanente alerta, Danto defiende las posibilidades críticas y emancipadoras del arte contemporáneo: una obra de arte crítica y una crítica justificada de la obra. Que el arte sobreviva más allá de la historia no significa que podamos evitar la opresión histórica; que el arte no sea autónomo no supone que debamos limitarnos a la presentación de lo real o sumergirnos en las leyes del mercado; que lo estético no señale la diferencia entre lo artístico y lo no artístico no implica que la belleza no tenga sentido en el mundo del arte.

 

Publicado en El Cultural el 26/02/2010

Francisca Pérez Carreño es Catedrática de Estética y Teoría del Arte en la Universidad de Murcia