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Fragmento #39 / Sobre la estupidez – Robert Musil (1937)


“No quisiera omitir que en mi calidad de poeta conozco la estupidez desde hace mucho tiempo, ¡podría incluso decir que quizás he tenido con ella relaciones profesionales! En el mundo de las letras, apenas abrimos los ojos, nos vemos enfrentados a una resistencia, a una oposición difícil de describir, que parece capaz de presentarse de cualquier forma: ya sea personal, como la respetable de un profesor de literatura que, acostumbrado a mirar desde distancias incontrolables, se equivoca desastrosamente con respecto a la época contemporánea; ya sea en formas genéricas, omnipresentes, como la transformación del juicio crítico mediante el juicio comercial, desde que Dios, con su bondad difícilmente comprensible para nosotros, concedió la lengua humana incluso a los creadores de películas habladas.

 

He descrito ya en diferentes ocasiones otros fenómenos de este tipo, pero no es necesario que me repita o que lo complete (y, por lo que parece, sería incluso imposible frente a la tendencia colosal que todas las cosas presentan en la actualidad): basta con concretar, como resultado cierto, que la escasa sensibilidad artística de un pueblo no se revela solamente cuando las cosas salen mal y de forma violenta, sino también cuando salen bien y de todas las formas, por lo que existe solamente una diferencia gradual entre prohibiciones y opresiones, por un lado, y laureadas ad honorem, destinadas a ocupar cátedras universitarias y a figurar en las distribuciones de premios, por otro.

 

Siempre he sospechado que esa resistencia con formas tan diferentes, en relación con el arte y la espiritualidad más elevada, por parte de un pueblo que se vanagloria de su amor por el arte, no es sino estupidez –¿quizás una forma particular, una estupidez artística especial y, quizás incluso, sentimental?– que en cualquier caso se exterioriza en este sentido: al que se le llama un «bello espíritu» sería al mismo tiempo un bello estúpido; y todavía hoy no veo muchos motivos para abandonar esta convicción. Naturalmente, no se puede culpar a todo lo que afea algo tan totalmente humano como el arte; una parte hay que atribuirla a las diferentes formas de falta de carácter, como han mostrado las experiencias de los últimos años. Pero no se debería objetar que la estupidez no interviene para nada en este caso, porque se refiere a la razón y no a los sentimientos, mientras que el arte depende de estos últimos. Sería un error. Por último, el goce estético es juicio y sentimiento. Y os pido permiso no sólo para añadir a esta gran fórmula, que he tomado prestada a Kant, la precisión de que Kant habla de una facultad de juicio estético y de un juicio de gusto, sino también para repetir a continuación las antinomias a que ello conduce: tesis: el juicio de gusto no se basa en conceptos, porque, si no, se podría discutirlo (decidir por medio de la demostración); antítesis: se basa en los conceptos, porque, si no, ni siquiera se podría discutirlo (buscar un acuerdo).

 

Y en este punto quisiera hacer la pregunta de si un juicio de este tipo, con la misma antinomia, no es la base de la política y de la confusión de la vida en general. Y ¿no es de esperar que, en una casa donde habitan el juicio y la razón, se presenten también sus hermanas y hermanitas, las diferentes formas de la estupidez? Sirva esto para indicar su importancia. Erasmo de Rotterdam escribió en su delicioso, y todavía hoy insólito, Elogio de la locura, que, sin cierto grado de estupidez, el hombre no llegaría ni siquiera a nacer.”

 

Título original.” Úber die Dummheit.”
Traducción: Aloisio Rendi
El texto original pertenece a la conferencia pronunciada por Robert Musil en Viena, en marzo de 1937.
Tusquets Editores S.A., Barcelona, España, 1974.
Serie los heterodoxos, dirigida por Sergio Pitol. Volumen 16.

 

 

 



The waves – Villagers (2012)




Fragmento #36* / La Sociedad Del Cansancio – Byung Chul Han (2010)


*Fragmento seleccionado por el colectivo Left Hand Rotation(1)

 

“La sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fabricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento.

 

El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De esta manera, no está sometido a nadie, mejor dicho, sólo a sí mismo. En este sentido, se diferencia del sujeto de obediencia de las fábricas. La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que libertad y coacción coincidan. Así, el sujeto de rendimiento se abandona a la LIBERTAD OBLIGADA o la LIBRE OBLIGACIÓN de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse. Esta autorreferencialidad genera una libertad paradójica, que, a causa de las estructuras de obligación inmanentes a ella, se convierte en violencia. Las enfermedades psíquicas de la sociedad de rendimiento constituyen precisamente las manifestaciones patológicas de esta libertad patológica.”

 

La sociedad del cansancio

Título original: Müdigkeitsgesellschaft

Autor: Byung Chul Han

80 págs.

Primera edición: 2012

HERDER Editorial
ISBN: 9788425428685

 

http://es.wikipedia.org/wiki/Byung-Chul_Han

 

(1) – Este libro nos sirvió de inspiración en la intervención “SUJETOS DE RENDIMIENTO” que desarrollamos en el Raval de Barcelona en Junio de 2014.

 

 



Follow If You Must – Adrian Crowley (2014)




Animal Totem – Cook and Swan (2014)


 

http://www.cockandswan.com



Fragmento #33 / La función de la crítica – Terry Eagleton


Como algo bien diferenciado del Estado y de la esfera pública, en el siglo XVIII hay un tercer dominio que Jürgen Habermas denomina la esfera “íntima” de la familia y el hogar. La esfera “íntima” no forma parte de la esfera pública, relegada como está la familia postfeudal al ámbito de la privado; pero sí que aporta una fuente vital de impulsos y energías para ese dominio más público. Si los cafés ingleses, al contrario que los salones franceses, excluían a las mujeres -quienes a veces se vieron abocadas a elaborar polémicos panfletos sobre los prejuicios sociales de beber café-, fue porque la “cultura” de los primeros años del siglo XVIII en Inglaterra asumía funciones sociales y políticas de las que las mujeres estaban excluidas. En una cínica contorsión de la historia, se admitió formalmente el acceso de las mujeres a la esfera pública política al conseguir el derecho al voto en 1928, en un momento en el que esa esfera pública era ya un anacronismo. Aunque la esfera pública burguesa excluía oficialmente el dominio “íntimo”, en otros sentidos estaba sin embargo profundamente hipotecada por él, pues la esfera pública dieciochesca tematiza y consolida formas de subjetividad que tienen sus raíces en el mundo doméstico. Ese mundo genera nuevas formas de subjetividad que tienen, en frase de Habermas, “orientación política”, y que después pasan a la esfera pública dominada por el varón para lograr una formulación autorreflexiva. (…) La función de la “cultura” es generar nuevas formas de subjetividad a través de una mediación incesante entre dos dimensiones de la vida social -la familia y la sociedad política- que ahora han quedado definidas como entidades distintas.

 

EAGLETON, Terry. La función de la crítica. Barcelona: Paidós, 1999, p. 130-131.



Fragmento #31 / Diarios (1910-1923) – Franz Kafka


(…)

«Usted vacila en dar respuesta a mi petición, lo cual es del todo comprensible; cualquier padre haría lo mismo frente a cualquier pretendiente de su hija; de ahí que no sea esto en absoluto lo que me induce a escribir esta carta; en todo caso, aumenta mi esperanza de que sepa valorarla con calma. Sin embargo, escribo esta carta impulsado por el temor de que su vacilación o su consideración tengan más razones generales de las que provocaría (sería lo único capaz de provocarlas) el único pasaje de mi primera carta que podía revelarme como soy. El pasaje que se refiere a lo insoportable que me resulta mi empleo.

 

»Puede que usted pase por alto estas palabras, pero no debería hacerlo; más bien debería hacer preguntas precisas al respecto, en cuyo caso yo tendría que responderle, en palabras breves y exactas, lo siguiente.

 

»Mi empleo me resulta insoportable, porque contradice mi único anhelo y mi única profesión, que es la literatura. Puesto que no soy otra cosa que literatura, y no puedo ni quiero ser otra cosa, mi empleo no podrá nunca atraerme, pudiendo en cambio destrozarme totalmente. No estoy muy lejos de esta situación. Alteraciones nerviosas de la peor especie me dominan sin interrupción, y este año de preocupaciones y torturas en torno a mi futuro y al de su hija ha puesto totalmente de manifiesto mi falta de resistencia. Podría usted preguntarme por qué no dejo mi puesto y no intento mantenerme —no tengo medios de fortuna— con mis trabajos literarios. A esto sólo puedo dar la lamentable respuesta de que no tengo fuerzas para ello y, en lo que alcanzo a ver de mi actual situación, sucumbiré más bien en este mismo empleo, aunque al menos sucumbiré en poco tiempo.

 

»Y ahora, compáreme usted con su hija, con esa muchacha sana, alegre, natural, vigorosa. Aunque se lo he repetido muchas veces en unas quinientas cartas, y aunque ella me haya tranquilizado otras tantas con un “no” que no tiene unas motivaciones demasiado convincentes…, lo cierto es que conmigo debe ser desgraciada, por lo que a mí se me alcanza. No sólo por mis circunstancias externas, sino mucho más por mi propia manera de ser; soy una persona reservada, silenciosa, insociable, insatisfecha, sin que pueda definirlo para mí como una desgracia, puesto que sólo se trata del reflejo de mis objetivos. De la forma de vida que llevo en mi casa se pueden sacar al menos algunas conclusiones. Así, vivo en el seno de mi familia, en medio de las personas mejores y más amables, sintiéndome más extranjero que un extranjero. Con mi madre, en los últimos años, habré intercambiado por término medio unas veinte palabras diarias; con mi padre, nunca cambiamos apenas más que palabras de saludo. Con mis hermanas casadas y los cuñados no hablo en absoluto, sin que esté enfadado con ellos. El motivo es simplemente que no tengo ni una sola palabra que decirles. Todo lo que no es literatura me aburre y lo odio, porque me demora o me estorba, aunque sólo me lo figure así. Por otra parte, para la vida familiar carezco del menor sentido, como no sea el de observación, en el mejor de los casos.

 »No tengo ninguna sensación de parentesco; en las visitas veo una malignidad literalmente dirigida contra mí.

 »Un matrimonio no podría cambiarme, como tampoco puede cambiarme mi empleo.»

 (…)

Título original: Tagebücher 1910-1923

Traducción: Feliu Formosa, 1975

Tusquets Editores S.A.

ISBN: 978-84-7223-863-3



Happy Holidays – Hermine (1982)


 

http://fr.wikipedia.org/wiki/Hermine_Demoriane