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Indisposición general. Ensayo sobre la fatiga - Martí Peran

Así como el capitalismo industrial producía mercancía con valor de cambio y el capitalismo postfordista se orientó hacia la producción de subjetividad, hoy la plusvalía se concentra en la autoproducción de identidad. Se ha impuesto la lógica del sujeto de la autoexplotación, ocupado en sí mismo a tiempo completo. La retórica de la emprendeduría y la publicidad ideologizada son inequívocas al respecto: Do it YourselfI am What I am. Esta nueva consigna productiva –hazte a ti mismo– provoca una generalizada hiperactividad nerviosa. A cada momento nos encontramos bajo la obligación de tomar infinitas pequeñas decisiones en todos los ámbitos (laboral, emocional, social…) que supuestamente nos consignan y nos dispensan visibilidad, pero que se han convertido ya en la nueva fuerza del trabajo: no clausuran nada y garantizan el beneficio generado por la acción constante de la in-quietud. El sujeto se ha confundido con el movimiento incesante de su propia alienación.

 

La vida hiperactiva es el paradigma de la pobreza de experiencia, dado que conlleva un excedente deficitario: tenemos muchas experiencias pero casi todas son banales. I Like. La consecuencia de ello ha sido reconocida bajo diferentes enunciados: vida desnuda (G. Agamben), vida dañada (S. López Petit), agotamiento (P. Pál Pelbart), sociedad del cansancio (B. Ch. Han), corrosión del carácter (R. Sennett), fábrica de infelicidad (F. Berardi), sociedad depresiva (A. Ehrenberg). La fatiga y el dolor provocados por la autoexplotación son, así, inevitables. La consecuencia automática de esta Indisposición General es la sociedad medicalizada con la intención de restablecer la productividad. Pero la fatiga, en lugar de representar una condición patológica que debe ser corregida a fin de volver a la espiral insensata de la producción, también puede representar la ocasión para el despertar de la conciencia; el punto de inflexión a partir del cual se inicia un proceso emancipatorio. La fatiga es el instante de detención y pausa, el momento del «cansancio capaz» (P. Handke) con el que empezar el sabotaje. La fatiga se convierte, así –en calidad de revolución molecular–, en el inicio de una huelga que politiza el malestar.

 

Si en el ámbito de la ingeniería la fatiga designa la disminución de la resistencia de los materiales sometidos a un esfuerzo repetido, en la esfera de la ingeniería social la fatiga puede representar «la reivindicación agotada del cuerpo individual que reclama el derecho al descanso social» (R. Barthes). Con la fatiga, la hiperactividad muda en mera producción de detención. En la negativa a la producción que sugiere la fatiga se abre el principio liberador de la des-educación y la des-programación. En la aparente neutralidad de la fatiga descansa la promesa, quieta, de toda la diversidad posible. Este elogio de la fatiga, emparentado con las apologías de la pereza, del anonimato, de la desaparición y de la inacción, sin embargo, instala la fatiga en el horizonte de la experiencia contemporánea en una posición que trasciende la que tiempo atrás ocupó la melancolía, la ciencia peor traducida.

 

Ahora bien, ¿cómo convertir este argumento en una exposición? ¿Cómo articular una situación capaz de ordenar estéticamente estos contenidos? ¿Es necesario formalizar este cansancio? Estos pequeños retos, propios de un campo disciplinar cada día más empobrecido, ¿no conllevan la pregunta de por qué hacer una exposición? Frente a estos inconvenientes, renunciamos a ilustrar un ideario y a exponer un discurso que no anhela en absoluto adeptos incondicionales. Y aun así, ¿esto no supone un mero I don’t like que reingresa en la espiral de nuestra movilización? Incluso todas las modalidades de lo blanco y silencioso fueron banalizadas. Nos queda apenas la opción de elaborar un Índice, una colección de rastros y marcas que señalan hacia el secreto que yace en el interior de todas las vidas.

 

Hablamos para una minoría con vocación mayoritaria. Y no por la rareza de nuestro argumento sino por la simple razón de que no pertenecemos al lumpen que ha de ocuparse, todavía, de la producción de mercancías o que, en el peor de los casos, son excluidos de toda acción productiva y han de ocupar sus vidas en la mera supervivencia. Esta verdadera mayoría ya ha sido definitivamente abandonada. Hablamos desde el grueso minoritario, regulado para que sea suficiente y estable, que contribuye al flujo del capital y a la renovación de las formas de producción.

 

Hablamos para quienes siempre es domingo en la peor de sus acepciones: tiempo vacío que nos obliga a rellenarlo mediante decisiones aparentemente libres que, si se resuelven adecuadamente, nos complacen y nos re-constituyen. Pero este domingo crónico ya no nos pertenece. Hablamos para quienes, en realidad, nunca disponemos de tiempo libre puesto que diariamente estamos sometidos a la obligación de ejercer esa supuesta libertad de actos para la autorrealización. Y no hay descanso. No puede haberlo. La máquina egocéntrica no puede detenerse: haces de colores vivos en movimiento continuo sin exterioridad se suceden en el espacio de la conexión perpetua.

 

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Flying – Sinéad Spelman

 

El trabajo tradicional desapareció en beneficio de esta nueva ocupación, capaz de traducirse en innumerables y variopintos pequeños actos, ante todo, mediante el ejercicio expandido de las «pasiones mediáticas» de la charla y la curiosidad (P. Virno). La acción (pseudo)comunicativa a través de los dispositivos tecnológicos o el despliegue de una curiosidad hambrienta de nada, han camuflado la alienación en algo supuestamente constituyente. La posibilidad de ocuparse constantemente en nosotros mismos, tomando la palabra en la esfera hiperreal y consumiendo toda suerte de productos ociosos, es lo que, en realidad, nos hace productivos. Somos, gravitando desorientados alrededor de nuestro vacío, la nueva fuerza productiva. Declaración de guerra contra el mundo para tomar posición a diario. Seguimos sin rechistar las reglas del juego. Este domingo eterno será provechoso. Haced lo que queráis; decid lo que os plazca. La promesa de la autorrealización y la exigencia de una visibilidad organizan la movilización del deseo hasta convertirlo en trabajo. Así crecen las circunferencias del yo, como una indiferente mancha regular, desde lo más íntimo hasta nuestra identidad institucional, generando por igual suculentos beneficios. Cada gesto digital genera plusvalía. La nueva norma ha calado y ya somos empresarios de nuestra propia fuerza de trabajo obcecados en emprendernos como proyecto. Todos contra todos en la emboscada de una vida propia. Aquello que parecía ajeno al tiempo alienante y que creíamos que conformaba nuestra vida auténtica –ocuparnos de nosotros– se ha puesto entero a trabajar, y a tiempo completo. Cada emprendedor es una molécula movilizada del capital entre una multitud de otras moléculas en competencia recíproca. Las consignas guerreras están inscritas en cada obstáculo que ha de sortearse para alcanzar el único y axiomático objetivo de la (bio/post)política: constrúyete a ti mismo y hazlo por ti mismo.

 

El resultado de esta hiperactividad ensimismada es, en primera instancia, la traducción de la vida en la fenomenología de un estado de nervios. En segundo lugar, una vez que la ocupación permanente que promete y pospone felicidad deviene insoportable, adviene la fatiga y la detención obligada. Por último, para restablecer el orden, aparece el diagnóstico dictado por una sociedad terapéutica que facilita el dopaje necesario para reingresar a la lógica productiva.

 

La sobreabundancia de medios y maneras para emprendernos abre un espacio de permanente excitación. La potencia tecnológica multiplica los foros donde acometer un modo de aparición. Nuestros amigos se multiplican proporcionalmente a nuestra capacidad de (auto)producción; pero la tarea ha de consumarse en el interior de un eterno retorno de lo mismo; a cada jornada y otra vez. La cadena de montaje no fue jubilada sino que, por el contrario, permanece conectada a tiempo completo para garantizarnos la posibilidad de aparecer y re-aparecer. Para que esta insaciable demanda pueda satisfacerse es imprescindible cultivar una creatividad ingente, con licencia para la copia y el reciclaje. No importa que la autoproducción sea postproducida si mantiene verosímiles atisbos de originalidad. Este es el orden de las cosas, excitado y exigente, para el nuevo cognitariado (Bifo). Todo parece benévolo y, sin embargo, a pesar de la constancia de esta actividad nerviosa, cada cual «sabe de sí que no es él mismo» (Tiqqun). El bucle que parecía interminable alcanza el punto del colapso estímulo y de válvulas cansadas.

 

 

La autoexigencia que, a pesar de su enorme creatividad, no puede detenerse en ninguna representación es agotadora y nos enferma. La fatiga de ser uno mismo (A. Ehrenberg) anochece para todos. Pero el cansancio no disfruta de ninguna condición de derecho. Desde que la modernidad salvífica consideró intolerable abandonarnos a vivir en un hormiguero sin sentido, la cultura se hizo hospitalaria para paliarlo. Desde entonces y frente al inevitable incremento de fatiga, se hizo imprescindible organizar el dispositivo necesario que garantice la producción y la rentabilidad. Los resortes fundamentales de este dispositivo son de orden discursivo y de orden farmacológico. En el orden del discurso, cualquier disturbio ocasionado por la automovilización es víctima de diagnóstico hasta reconocerlo como una patología susceptible de tratamiento. La depresión y las innumerables alteraciones psíquicas conforman hoy el vocabulario de un emergente género de la nueva literatura política. En el orden farmacológico, la industria de los estimulantes, somníferos y antidepresivos ha logrado unos índices de crecimiento proporcionales al beneficio de la autoexplotación masiva. Es el mandamiento económico derivado del rigor de la ciencia y así lo sostiene de manera impecable la psiquiatría que se enfrenta a la evidencia del malestar: debemos regresar, tras el tratamiento, a la órbita feliz de la autoproductividad.

 

La gestión farmacológica es fundamental para mantener en activo la suficiente masa de fuerza del trabajo en activo. El saneamiento y la aparente curación de la fatiga inducida por la automovilización está investida por el embuste de una necesidad ineludible. No importa que se cronifique el tratamiento si esto garantiza la rehabilitación de las habilidades creativo-productivas que se consideran naturales en un sujeto libre y ensoñador de sí mismo. El altísimo porcentaje de población sometida a la ingesta cotidiana de píldoras se considera legítimamente reparador para el beneficio colectivo. Así como nadie interpreta como antinatural corregir los defectos de la visión mediante unas simples lentes adaptadas, tampoco es ilícito recuperar la energía imaginativa y productiva mediante estimulantes químicos especializados para cada supuesto defecto de nuestro engranaje mental.

La fatiga no es tolerada porque no es admisible renunciar a toda necesidad, objetivo o significado cuando se te brindan todas las oportunidades. Frente a esta negativa a la posibilidad de ejercer el cansancio se impone una primera reacción hercúlea: soportar todas las (auto)representaciones del mundo a cuestas (G. Didi-Huberman). Con la apariencia de restablecer la acción productiva, el derecho a la fatiga se asoma primero de un modo paradójico: mediante el mismo desgaste hasta la extenuación de todas las opciones de acción. El agotado se reivindica, en primer lugar, como aquel que «agota todas las posibilidades» (G. Deleuze), ya sea mediante el exceso de habla desarticulado que ya no nos define o bien mediante la multiplicación del texto en un devenir infinito incapaz de cerrar cualquier significación. La exigencia de hiperactividad revierte, así, su función ordinaria y convierte el pánico en la puerta de ingreso a lo desmedido absoluto. No se trata de una reedición de la experiencia sublime que obstruye el aliento, sino que continuamos en activo, probablemente medicados, pero ahora de un modo tan radical que nuestra acción deviene irreconocible, ya no significa nada ni puede incorporarse de forma productiva a ninguna conversación entre competidores ansiosos. En el interior del peso de todo nadie puede distinguir la diferencia con la que supuestamente nos singularizamos y con la que se instituye el valor. El discurso inabarcable no es atractivo; no construye pausas de consumo. Nadie puede perfilarse usando todo; va contra las reglas elementales de la distribución que sostiene la movilización general. Hoy, al contrario de lo que suponíamos, la pulsión acumulativa adquiere el carácter de una resistencia.

 

Para soportar el mundo entero a cuestas no es menester un cuerpo sano. Al contrario, el cuerpo saludable, disciplinado al ejercicio diario y al embellecimiento, es precisamente el cuerpo semiótico que mejor funciona en la lógica de la autoproducción. La ilusión del buen cuerpo es el epicentro de la posterótica del selfie que no requiere de ningún tocamiento. En su lugar, el cuerpo del agotado es un cuerpo literalmente volcado sobre el espacio hasta extenuarse, ocupándolo por completo, soportándolo entero, hasta sus últimos rincones. Para encarnar la voluntad de no aferrarse a nada, de no detenerse en ningún lugar que pudiera enmarcarnos, hay que agotar el espacio hasta devastarlo. Si el capital es un proceso flexible que alterna el agenciamiento y la liberación de territorios para cultivar sus ganancias, la fatiga, por el contario, es la danza lenta de la tierra quemada. De ahí que la fatiga, a diferencia de la pasividad melancólica, suponga una performatividad. El cuerpo también es la medida y el primer campo de batalla para el género agotado. Pero así como la autoexplotación nos obliga a multiplicar y a renovar nuestros disfraces de forma persuasiva, el cuerpo agotado es, además de cuerpo manchado a cada impostura, un cuerpo que mancha con el gesto mínimo de su acción enfermiza y compulsiva. No se autoproduce sino que se repite y se reproduce. El gesto repetitivo y reiterado, de nuevo, aparece como anómalo.

 

La repetición desoye la consigna del interés. Aparecer siempre del mismo modo no es un aparecer atractivo que estimule el intercambio y la transacción simbólica. El baile reiterado del agotado es un cuerpo que se balancea sobre sí mismo; es el cuerpo de un loco. Nadie reconoce el motivo de su movimiento, que por pacífico e insignificante se hace siniestro. La fatiga exhibe un cuerpo casi irreductible al diagnóstico. No puede interpretarse cuando se mueve del mismo modo que desorienta cuando, en el otro extremo de los modos del agotamiento, se muestra incapaz.

 

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Sinéad Spelman

 

Se desconocen las causas del denominado síndrome de fatiga crónica con el que se señala a los cuerpos incapacitados. Solo se determina que es una patología extraña para ponderar el extrañamiento que produce en la lógica triunfante de la hiperacción. El vitalismo nació del esfuerzo del lisiado por normalizarse (P. Sloterdijk). Es incomprensible una vida detenida en su incapacidad. El dolor es una mera pereza para la mitología de la salud. El mundo de las oportunidades incluso regala la posibilidad de convertir el propio miedo a una vida empobrecida en materia productiva. Cualquiera puede edificar su identidad sobre sus ruinas y desengaños; es un autorretrato atractivo si se acierta la distancia adecuada entre lo irónico y lo cínico. Pero también existe un dolor que convierte la vida en el desafío de vivirla en su propia imposibilidad (S. López Petit). La vida dañada por sí misma, obligada a producirse, no admite ningún tratamiento que la sane sino que, por el contrario, debe despertar en la senda estrecha de su propio malestar. El dolor y el deterioro del cuerpo, lejos de encerrar una parálisis inocua, puede representar una detención hacedora, un ocasional triunfo contra la perversa proclamación del autogestor sobreexcitado y responsable de su destino. Es un dolor operativo en su propia negatividad. Un dolor que, al causar una baja, borra las certidumbres, elimina el repertorio que nos ofrecen para significarnos y lo reemplaza ocupando él mismo su lugar. Toda la materia prima que habríamos de combinar y recombinar para resolver nuestros modos fluctuantes de aparecer, queda reducida al dolor extendido del malestar.

 

Instalar la vida en el malestar no es una enfermedad. Es un modo de estar mal ubicado en el escenario que nos imponen. El malestar reniega de quehacer alguno acordado con las premisas de la producción de identidad. La fatiga nos amaga. En lugar de obedecer a la consigna de la autoexhibición, el malestar señala una modalidad de ocultamiento, un éxodo concebido como sustracción activa. Nada es menos pasivo que una fuga (P. Virno). La fatiga no es melancolía contemplativa. Es una huelga de la vida que la emancipa huyendo de sí misma. La fatiga es un deshacer mediante tedioterapia; la acción posible que corrige nuestra ineptitud para la quietud completa. Cuando la lógica de la producción ha penetrado en la vida para hacerla toda rentable, ya no es posible ilusionarse con la suspensión del querer. La vida quiere, aunque solo quiera desaparecer. Cuando cada uno de nosotros se ha convertido en el eje de rotación del rendimiento de sí mismo solo queda la opción de traicionar la centralidad del sujeto y desplazarlo afuera mediante gestos radicales. Es necesario someter la vida a la prueba de imposibles: hacer la nada o levantar la mano contra uno mismo (J. Améry) como otros modos de (mal)estar; los únicos verdaderamente asimétricos frente a nuestra propia omnipresencia aplastante. La mejor lucha es la que se hace sin esperanza.

 

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El modo de hacer nada solo es factible mediante la aceptación literal de que, incluso esto, podría no hacerse (H. Melville). No es que ya no podamos hacer nada sino que nos vemos obligados a rehacernos constantemente. Somos creadores de una falsa autoedición que está condenada a recombinar siempre lo mismo. El repertorio de recetas es ingente pero limitado. Lo vintage es nuevo para garantizar que nadie detenga el proceso. Hacer nada para combatirnos como fuerza alienante es tan frágil como dejar de hacer según lo prescrito cuando todo está prescrito o tan somero como reducir la acción al sutil desplazamiento de aquello que, en lugar de sufrir la permanente inquietud, ya parecía detenido.

 

La minúscula posibilidad de hacer la nada se distingue de la producción en la medida que pertenece a un tiempo largo, ajeno a la inmediatez del balance de resultados y capaz de diluir los actos fuera de la lógica del consumo y la eficacia.

 

Esta otra dimensión del tiempo es también el horizonte que permite herir la vida para pensarla más allá de sí misma. Si es legítimo redefinir la violencia para salvaguardarnos, esta puede aplicarse sobre uno mismo como medio radical para destituirnos. No se trata de una vulgar aniquilación sino de la extinción de nuestra fuerza alienante. En la longitud extraña de este otro tiempo no amanece la muerte, sino un espacio ignoto que sueña devolver la vida al cuerpo yacente.

 

 

Martí Peran, 2015

Words with… David G. Torres

 

Words with… Laura Llevadot

 

Cómo distinguir una obra de arte de una fotografía Rosa Olivares

 

Desde que Oliver Sacks nos explicó que había un hombre que confundió a su mujer con un sombrero, sabemos que cualquier cosa es posible. Con tantos años en el mundo del arte tenemos la experiencia de que hay muchas pinturas, esculturas, dibujos, fotografías y todo tipo de actos, objetos y pensamientos que se han confundido, se confunden y se confundirán con una obra de arte hasta el punto de que llegue el momento en que no sepamos definir claramente las diferencias y aceptemos que una obra de arte puede ser cualquier cosa y nadie pueda decir claramente qué es realmente una obra de arte. Me centraré en la fotografía, esa técnica maravillosa cuyo objetivo esencial fue democratizar el arte, hacer que cualquiera pudiera tener su propio retrato en su casa como si fuera un noble o un rico mecenas, y que, finalmente, ha conseguido que todo el mundo, incluso sin haber manejado nunca una máquina de fotografía, se considere un fotógrafo y, por extensión, un artista.

¡Huir de la obediencia! Joan M. Minguet Batllori

 

El poder. El poder y poco más. O poco menos. Los tiempos de la creación, los tiempos del arte se confunden con los de las instituciones que lo albergan, que lo protegen, que lo difunden; que lo rehabilitan para poder seguir poseyéndolo, mostrándolo como signo de poderío.

 

Ya lo decía Faulkner, “El pasado nunca muere”, y al pasado artístico es al que recurre la institución para iniciar el gran simulacro: aparentar su interés por la cultura para desposeerla de todo punto de controversia, de anomalía, del descrédito de la propia institución —de las instituciones— que las obras pudieran contener en el momento de su gestación.

 

A partir de aquí, ese poder se ejerce con estrategias que huyen de lo evidente. En el campo del arte el poder trabaja como un funámbulo, aunque el cable sobre el que pasea es lo suficientemente amplio como para que nunca caiga.

El Abecedario de Gilles Deleuze – O de Ópera

 

Words with… Fernando Castro Flórez

 

El Abecedario de Gilles Deleuze / N de Neurología

 

Words with… Joan M. Minguet Batllori

Ética de la Forma José Ramón Otero Roko

 

La emoción estética, repetida como un mantra en la organización social del Arte, se ha transformado en una forma de veto a los valores comunes. El concepto, que originalmente se debe al compositor Arnold Schönberg, en su libro “Escritos de una experiencia musical” (1978), y que hace tres décadas daba cuenta de aquello que iba, en la apreciación de las obras, más allá de lo contingente, lo tangible y relativo, hoy es coartada de una jerarquía cultural basada en intereses y arbitrariedades que surgen precisamente cuando las especies de la crítica y el compromiso en Occidente parecieron agotadas, y que restándose del antagonismo vía integración en el campo ideológico socialiberal, o vía pura evasión, merced a la droga dura del fin de la historia, se retiran a los espacios ya designados como institucionales, o sea correas de transmisión de esa emoción decorativa de los ricos y poderosos que se justifica a sí misma sin requerir ninguna…

Words with… Amanda Cuesta (Parte 2)

 

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