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Ética de la Forma - José Ramón Otero Roko

 

“Todo cuanto hay de valioso en la historia humana -las grandes realizaciones de la física y de la astronomía, de la medicina, de la filosofía y el arte, de los descubrimientos geográficos- han sido obra de los extremistas. De quienes creyeron en lo “absurdo”, se atrevieron a intentar lo “imposible” y, de cara a la reacción y a la negación, gritaron: ¡eppur si muove!

Herbert Read. Crítico de arte y anarquista inglés

 

La emoción estética, repetida como un mantra en la organización social del Arte, se ha transformado en una forma de veto a los valores comunes. El concepto, que originalmente se debe al compositor Arnold Schönberg, en su libro “Escritos de una experiencia musical” (1978), y que hace tres décadas daba cuenta de aquello que iba, en la apreciación de las obras, más allá de lo contingente, lo tangible y relativo, hoy es coartada de una jerarquía cultural basada en intereses y arbitrariedades que surgen precisamente cuando las especies de la crítica y el compromiso en Occidente parecieron agotadas, y que restándose del antagonismo vía integración en el campo ideológico socialiberal, o vía pura evasión, merced a la droga dura del fin de la historia, se retiran a los espacios ya designados como institucionales, o sea correas de transmisión de esa emoción decorativa de los ricos y poderosos que se justifica a sí misma sin requerir ninguna integridad. Redes de intereses que tantas veces propugnan un arte aparentemente evolucionado, pero interiormente conservador, bastardo del pensamiento blando, explicándose con más fortuna en relación con las tradiciones y los caprichos que en correspondencia con el porvenir.

 

Herbert Read hablaba en “La Educación por el Arte” (1942) de una concepción que no percibió el neoliberalismo y que ha tenido un cierto éxito en la crítica y en la pedagogía. Se refería a la háptica como el modo de designar todas aquellas emociones que no provenían de lo visual o de lo auditivo en la comprensión y en la realización de las obras artísticas. La háptica, la ciencia del tacto, debía fomentarse como un autoaprendizaje en las escuelas desde niños y había de comprender también la aprehensión ética de los trabajos. El artista estaba llamado a relacionarse de un modo sensitivo con los materiales, con las texturas, con los instrumentos. El público podía establecer un vínculo con la materialidad de las creaciones que se le mostraban. A los museos y a las galerías se animaba a entrar a tocar las cosas, a participar de su existencia, a sentirlas y a considerarlas parte de este mundo.

 

Por el contrario la emoción estética en su procedimiento actual, una idea ajena a Read que prefería el término mucho más proactivo y menos impostado de ‘sensibilidad’, deviene de lo visual y de lo auditivo fuertemente condicionado por los límites que impone la ideología dominante. La obra se convierte en lo que oímos de ella, lo que debemos ver en ella. La emoción es, contrariamente a  Schönberg, territorio de lo contingente, de lo tangible, de lo relativo, aislada de su estatuto de causa y consecuencia de lo común. Una hegemonía de ciertas formas productivas supeditada al ‘importe’, al precio en el mercado, sometida a una razón arbitraria aposentada en un cuerpo social que la reverencia, pero que la ignora, o que trafica con ella, para que su producto, su valor, sea su coste.

 

Quizás el reto para extender la háptica readiana es hacer racional la belleza, seguros de que no podemos, y no nos corresponde, conquistar esa idea plenamente, pero conscientes de que cuanto más avancemos en lograr que la lucidez alumbre lo que vemos, sentimos y tocamos, más a salvo estaremos de la sugestión y de una concepción de la vida alienada. La belleza podría ser una síntesis de categorías morales. Por el contrario el público hoy encuentra bellas las cosas en razón de un significado que a menudo desconoce porque le ha venido dado como “normal”, incuestionable, y reposa escondido en algún rincón turbio de los instintos. Lo que nos cosifica muchas veces parece bello porque formamos parte de una sociedad y una cultura que ha marcado nuestras premisas éticas y nuestras pulsiones intuitivas. Y cuanto más capaces seamos de someter sensatamente a nuestro juicio lo que percibimos, más cerca estarán los objetos de los sentimientos, los conceptos ideales de tener algún sentido en nuestras vidas.

 

La forma es un modo de la ética. La nota, el color, la superficie, el interior, el contorno, la letra, son hijas de una aprehensión de un mundo que se hace sitio en una estructura que las configura y que es la que, por encima de todo, nos hace exclamar lo que nos gusta y lo que no nos gusta. Porque esa estructura habla por nosotros, nos dota de coherencia interna, aunque estemos doblegados a un relativismo infinito, nos conduce mientras consigue permanecer invisible a nuestra conciencia. Es la trama que divide el mundo entre lo relevante y lo irrelevante, como si algo no lo fuera. Embellece las cadenas, cuando la servimos, o nos libera de ellas, cuando nos pertenece.

 

Herbert Read decía que “el arte debe ser la base de toda educación pues proporciona un conocimiento instintivo de las leyes del universo y un hábito o comportamiento en armonía con la naturaleza”. Dichas por un anarquista las palabras “armonía” y “naturaleza”,  a partir de la “educación”, nos hacen reconocer que el idealismo no es irrealizable, sino irrealizado.  ¿Qué nos impide que el arte sea la medida de la sociedad? ¿Y la ética la medida del arte, si la justicia es el diseño íntimo de la armonía? ¿Por qué ha de ser imposible la ‘emoción moral’? ¿Cuál es la razón para continuar confundidos por formas que son un reflejo de lo que impugnamos?

 

José Ramón Otero Roko es crítico y poeta.

www.afaltadelectura.es

 

 

Words with… David G. Torres

 

Cómo distinguir una obra de arte de una fotografía Rosa Olivares

 

Desde que Oliver Sacks nos explicó que había un hombre que confundió a su mujer con un sombrero, sabemos que cualquier cosa es posible. Con tantos años en el mundo del arte tenemos la experiencia de que hay muchas pinturas, esculturas, dibujos, fotografías y todo tipo de actos, objetos y pensamientos que se han confundido, se confunden y se confundirán con una obra de arte hasta el punto de que llegue el momento en que no sepamos definir claramente las diferencias y aceptemos que una obra de arte puede ser cualquier cosa y nadie pueda decir claramente qué es realmente una obra de arte. Me centraré en la fotografía, esa técnica maravillosa cuyo objetivo esencial fue democratizar el arte, hacer que cualquiera pudiera tener su propio retrato en su casa como si fuera un noble o un rico mecenas, y que, finalmente, ha conseguido que todo el mundo, incluso sin haber manejado nunca una máquina de fotografía, se considere un fotógrafo y, por extensión, un artista.

¡Huir de la obediencia! Joan M. Minguet Batllori

 

El poder. El poder y poco más. O poco menos. Los tiempos de la creación, los tiempos del arte se confunden con los de las instituciones que lo albergan, que lo protegen, que lo difunden; que lo rehabilitan para poder seguir poseyéndolo, mostrándolo como signo de poderío.

 

Ya lo decía Faulkner, “El pasado nunca muere”, y al pasado artístico es al que recurre la institución para iniciar el gran simulacro: aparentar su interés por la cultura para desposeerla de todo punto de controversia, de anomalía, del descrédito de la propia institución —de las instituciones— que las obras pudieran contener en el momento de su gestación.

 

A partir de aquí, ese poder se ejerce con estrategias que huyen de lo evidente. En el campo del arte el poder trabaja como un funámbulo, aunque el cable sobre el que pasea es lo suficientemente amplio como para que nunca caiga.

Indisposición general. Ensayo sobre la fatiga Martí Peran

 

Así como el capitalismo industrial producía mercancía con valor de cambio y el capitalismo postfordista se orientó hacia la producción de subjetividad, hoy la plusvalía se concentra en la autoproducción de identidad. Se ha impuesto la lógica del sujeto de la autoexplotación, ocupado en sí mismo a tiempo completo. La retórica de la emprendeduría y la publicidad ideologizada son inequívocas al respecto: Do it YourselfI am What I am. Esta nueva consigna productiva –hazte a ti mismo– provoca una generalizada hiperactividad nerviosa. A cada momento nos encontramos bajo la obligación de tomar infinitas pequeñas decisiones en todos los ámbitos (laboral, emocional, social…) que supuestamente nos consignan y nos dispensan visibilidad, pero que se han convertido ya en la nueva fuerza del trabajo: no clausuran nada y garantizan el beneficio generado por la acción constante de la in-quietud. El sujeto se ha confundido con el movimiento incesante de su propia alienación.

Words with… Fernando Castro Flórez

 

Words with… Joan M. Minguet Batllori

La Emoción Moral José Ramón Otero Roko

 

En el anterior texto que publicamos en Arts Coming “Ética de la Forma” insinuábamos la idea de “emoción moral” como propuesta para evolucionar el concepto de ‘háptica’ elaborado por el crítico de Arte y anarquista Herbert Read. Una emoción moral que se incorpore a la aprehensión más primaria de las creaciones. Porque a pesar de que el Arte ha sido abordado en el siglo XX, y en el XXI, desde todo tipo de categorizaciones técnicas, sensitivas, culturales, su intencionalidad política se ha diseminado en numerosas ocasiones sólo como vulgarización de las obras.  El juicio estético correspondía al crítico. El juicio ético, y su correlato en forma de discusión, a la opinión pública, no compradora y muchas veces no observadora del Arte, en un proceso acentuado desde la irrupción de la postmodernidad por la pregunta ¿quiénes somos nosotros para juzgar la moral del otro?

 

Usted está missing. “Usted está aquí”, de Daniel Cockburn José Ramón Otero Roko

 

De vez en cuando uno tiene el placer de encontrar una película en DVD (que es ese formato casi tan bueno como verla en el cine pero con la ventaja de que se convierte en un objeto importante que puede prestarse y ofrecerse como algo que merece la atención de quien ignora su importancia) que se vuelve más y más extraordinaria a medida que uno la cartografía y la rememora. You are here (“Usted está aquí”, Daniel Cockburn, Canadá, 2010), editada en la colección Sci-Fi Cults del sello independiente granadino Cine Binario, es uno de esos títulos de descubrimiento para esa especie precarizada que son los gafapastas y para esa clase empoderada que son los perroflauta, en esta crisis mestiza que ha terminado por hacernos a todos proletarios y que no se nos olvide, amigo, no tanto hemos llegado hasta aquí para quedarnos como nos han traído hasta este lugar para dejarnos, mal que le pese a alguno/a darse por aludido/a.

Words with… Amanda Cuesta (Parte 2)

 

Words with… Martí Peran (Parte 2)

 

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