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¿De qué ríe “l’ignorant”? - Javier Marroquí

La producción de muchos de los artistas españoles más activos de los últimos años comparte un rasgo común: el deseo de reproducir una y otra vez su propia imagen. Los motivos, desde luego, son muy distintos. Unos lo hacen con una intención lírica, produciendo un arte íntimo o confesional 1; en otros casos, es inevitable, ya que su propio cuerpo es el objeto de la acción, muchas veces grabada en vídeo o registrada en fotografías; muchos otros, porqué no decirlo, lo hacen por puro narcisismo o incluso esnobismo; y otros tantos, toman su propia imagen y la reproducen para llevar a cabo una reflexión crítica sobre la figura del artista en la actualidad. Sea como fuere, la reiterada voluntad del artista por representarse a sí mismo es, a la vez, causa y efecto de las transformaciones que el concepto de artista vive en las últimas décadas.

 

Rafel G. Bianchi no es precisamente de los artistas que abusan de este recurso de la auto-representación, sin embargo, podemos encontrar una serie de obras en las que, de una forma u otra, ha incluido su imagen. Además de la obra que nos ocupa en esta ocasión, No preguntis a l’ignorant, podemos encontrar otras piezas como, por ejemplo, sus variadas series de Recortables, en las que aparece un personaje corriendo que es una caricatura del mismo artista. También en la instalación Un inglés, un francés y un español 2, en la que acompañando a un columpio rediseñado erróneamente por Bianchi, el mismo artista protagoniza una viñeta de cómic en la que se enfrenta a la perplejidad que le produce su propia pieza. O de un modo totalmente diferente, podemos encontrar al propio Rafel en la intervención que realizó para el diario La Vanguardia con Las 8 diferencias en la que se fotografía junto a otros dos personajes ataviados con gorros de Papa Noel. La imagen, repetida dos veces, invita a los lectores a buscar unas diferencias entre ambas reproducciones que, en realidad, no existen. El autorretrato de No preguntis a l’ignorant es una escultura de fibra de vidrio de casi dos metros de altura en una privilegiada escala 1:1. No es, ni mucho menos, una reproducción con intención hiperrealista. Se parece más a un juguete de niños del tipo clic de Playmobil que al propio Rafel de carne y hueso. Estos muñecos, como recordamos todos los de nuestra generación, los vendían con complementos que les otorgaban una identidad. Estaba el clic indio, el americano, el policía, el pirata… éste sería algo así como el clic artista, a falta claro del caballete que incluiría Playmobil.

No preguntis a l’ignorant (2005), Rafel G. Bianchi

La utilización de esta técnica y la apariencia de juguete para representar a l’ignorant resultan idóneas para la confrontación de ideas que pretende Bianchi. Es así ya que, aunque el artista y la imagen que él produce de sí mismo, han cambiado profundamente, no es menos cierto que el público general sigue viviendo la inercia de la vieja imagen del artista-genio que la modernidad impulsó y que los mass media en general, y el cine en particular, se empeñan en seguir difundiendo. No hay más que echar un vistazo a las producciones hollywoodienses de filmes sobre artistas en los últimos años. El artista sigue siendo una personalidad que, constantemente bajo el signo de la excepcionalidad, oscila entre el genio y el loco por identidades siempre afines, con ese rasgo definitorio de lo único frente a la multitud. Pero, por supuesto, esto no es sólo un invento fantástico. Tiene un punto de realidad al que fijarse. Ese artista excepcional existió o, al menos, esa imagen fue ciertamente difundida por los artistas durante décadas. Dos son los momentos más fecundos de esta producción, el romanticismo y las vanguardias llamadas, muy acertadamente, heroicas. De entre todas estas imágenes estereotipadas de artista, a mí me gustan especialmente la del artista atormentado y la del héroe. El primero vivía esa especie de angustia insoportable por conocer la realidad profunda de la existencia, algo que se escapa al hombre y la mujer corrientes. Y el héroe era una un hombre (las más veces) que por algún motivo, habitualmente el mismo que el anterior, se veía obligado a convertirse en punta de lanza, en vanguardia, del progreso humano. Una responsabilidad abrumadora para ambos de la que ahora cualquier artista no podría más que sonreírse incómodamente.

 

Estas imágenes son las que Bianchi hace colisionar con ese monigote que es l’ignorant. El artista, profundamente trágico o tremendamente héroe, se ve aquí como una figura con el ceño fruncido, una sonrisa en la boca, las palmas de las manos abiertas y los hombros encogidos expresando un ”y yo que sé. A mí ni mi preguntes eh”. El artista que nos presenta Rafel es un hombre que no sabe y/o no puede hacer gran cosa, pero además es un personaje gracioso, divertido. La mueca de su cara nos recuerda a una de las cabezas que el escultor austriaco Franz Xaver Messerschmidt (1736-1783) realizó en su retiro en Pressburg. El caso de Messerschmidt 3 es ejemplar en este asunto. Ha pasado a la historia como uno de los casos preclaros de artista-maldito o genio loco. Al parecer, el escultor, desconsolado por no conseguir la cátedra de escultura en la Academia, se encerró en su casa de campo y se dedicó allí a la producción de una serie de bustos en los que pretendía estudiar y reproducir todas las muecas que el ser humano es capaz de hacer. Esta tarea, que incluso podría ser considerada algo académica, por el ejercicio de investigación fisonómico que supone, se llenó, a su pesar, de leyendas extravagantes. El resultado formal final de estas piezas es realmente extraordinario entre la producción escultórica del momento. Para realizar estas muecas, estas expresiones forzadas al máximo del rostro humano, se tomaba así mismo como modelo poniendo esas caras extrañas ante el espejo cada minuto. Además, está el hecho de que poco antes ya había dado visos de cierto comportamiento excéntrico y poco sociable. Y para colmo de la paciencia de sus contemporáneos, realizó estos estudios apartado de sus colegas y de la vida social. El resultado final es que esta producción, pasado el tiempo y difundida la leyenda, se mostraba públicamente como la obra de un artista a quien su extrema genialidad hizo perder la cabeza.

 

Busto de Franz Xaver Messerschmidt (1736–1783)

Loco, deprimido o sencillamente antipático, el caso es que Bianchi consideró idónea una de las muecas de Messerschmidt para el juego de significados que propone en su autorretrato de l’ignorant. Aunque no creo que podamos considerarlo como tal. Puesto que Bianchi, obviamente, no tiene ninguna intención de autorretratarse en esta pieza sino de crear, como él mismo dice «una visión post-postromántica del artista». Y no es una cuestión circunstancial, la trayectoria de Bianchi en los últimos años está muy bien dirigida a obras y proyectos en los que se vislumbra esa preocupación por la condición actual del artista, «algo para él situado entre la necesidad y la absurdidad» 4. No preguntis a l’ignorant es, en mi opinión, rotunda a este respecto: El artista convertido en un bufón.

 

La figura del artista de No preguntis a l’ignorant es un monigote que bien podría estar en un parque de atracciones. Recuerda a uno de esos personajes -por cierto realizados en el mismo material- tipo Warner Madrid, Port Aventura o Terra Mítica. Parques temáticos seguidores del pionero Disney World, máximo ejemplo de la expansión capitalista al mundo del ocio. Invasión que también se proyecta hacía otro dominio, el de la cultura. Justo ahí es donde se encuentra l’ignorant, en un mundo donde ocio y cultura tienden a confundirse bajo la batuta del capitalismo global e imperial. Y ante esta situación, l’ignorant sigue sin saber, ni poder, hacer. Lejos queda el vanguardista que cree en la posibilidad de cambiar la sociedad a través del arte. Todos hemos visto su fracaso y después de esto, la actitud de l’ignorant parece la única posible. Las palmas de las manos abiertas y el ceño fruncido, pero no lo olvidemos, una sonrisa de bufón en la cara. Bianchi rehuye por igual tanto de la actitud heroica como de la atormentada por el fracaso. Sigue trabajando y acepta sus limitaciones. También el hecho irrefutable de trabajar desde dentro del mismo sistema que anula las pretensiones vanguardistas, pero aún así, sonríe. Así vive el bufón, dentro de la corte, trabajando para ella, pero con la radical diferencia de tener la posibilidad de reírse de ella. El bufón siempre ha tenido ese poder. Bianchi percibe que ésta es la potencialidad que ha de abrazar el artista en la sociedad contemporánea. El bufón es un personaje al que se le permite ganarse la vida haciendo cosas que a los demás no se les permite hacer. En esto también podemos ver lo oportuno de la recuperación del bufón y su asimilación por la figura del artista. Pasarse la vida riendo, o jugando, es un revulsivo a cualquier forma de organización política y una estrategia clara de resistencia a cualquier forma de autoridad o dominio impuesto. Así que, mejor será que nos riamos todos.

 

NOTAS

1. Pardo, Tania, «Arte confesional. Lo doméstico: territorio (des)conocido» en Lápiz: Revista Internacional de Arte, 2003 Abril (192).
2. Sobre esta obra se puede consultar el catálogo de la exposición en Casal Solleric: Art for fun (Catálogo de exposición), Palma de Mallorca, Fundació “Sa Nostra”, 2007.
3. Se puede rastrear su peculiar historia en el conocido Wittkower, M. y Wittkower, R., Nacidos bajo el signo de saturno. Cátedra, Madrid, 2006.
4. Armengol, David, «El artista taxidermista», en Eufòria_01: Happy family (Catálogo de exposición), Barcelona, Fundació “la Caixa”, 2007.
MARROQUÍ, Javier. “¿De qué ríe l’ignorant”. En: No Preguntis a l’ignorant (Cru 025). Barcelona: Cru, 2008.

 

 

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